Qué es un amigo/a

30 octubre 2014

Me preguntaban el otro día qué es para mí un amigo. Así que escuché ahí, al corazón, sintiendo qué es para mí un amigo/a. Y esta es la respuesta:

Yo distingo entre amigos y conocidos. Para mí un amigo es alguien a quien tengo estima y que a su vez me estima. Alguien que de alguna manera ha tocado mi corazón, que de alguna manera comparte parte de su camino conmigo. Da igual que lo vea cada día, como que durante años no lo haya visto. Un amigo… sé que está ahí. Y él o ella sabe que yo estoy ahí. Para las buenas y para las no tan buenas. Es alguien que me ve, que aún sabiendo que a veces no hay quien me aguante, que a veces estoy frágil… aún así, y aún en esos momentos, sigue siendo mi amigo. Y es alguien a quien, aun viendo su parte de dolor, de tristeza, de rabia, aún así, y aún en esos momentos, estimo y me siento su amiga.


Leyendas de Iwérama. Iwérama y los bastones

29 octubre 2014

Ocurrió que Iwérama, a lo largo de su viaje se fue apoyando en varios bastones. Al principio llevaba uno grande de madera, que había comprado tiempo atrás, mucho antes de iniciar su viaje, en una tienda de los Pirineos. En él podía apoyarse con fuerza, pero era tan grande que durante algunos momentos le impedía moverse con agilidad.

Llevó después un stick de metal, que acabó perdiendo y, aunque le regalaron uno al final de la etapa, lo devolvió al Camino, agradeciéndole su ayuda, pues no lo sentía como suyo.

Decidió entonces que no iba a llevar bastón, que se sostendría por sí misma y, que si necesitaba uno, en el momento adecuado lo encontraría, que la Naturaleza se lo ofrecería. Así aprendió a observar su cuerpo, a apoyar por igual la parte izquierda y la derecha, a mantener la columna vertebral en armonioso equilibrio, a llevar la mochila ajustada a su cuerpo, para que fuese como una parte de él. Así se sentía feliz, sentía que podía hacer el Camino por sí misma, cargando su propia mochila, despacio en las subidas, más rápida y juguetonamente en las bajadas, tranquila en las llanuras.

Y entonces llegó un día, en el que caminando por un frondoso lugar, pensó que tal vez ese día le vendría bien encontrar un palo. Y encontró uno. Se metió en un “pinar” y empezó a buscar y a buscar. Por fin encontró lo que buscaba, ni demasiado corto, ni demasiado largo. Ni demasiado pesado, ni demasiado frágil. Tenía alguna zona húmeda, que hacía dudar a Iwérama sobre si era lo que buscaba, aunque finalmente decidió que aquel sería el palo que la acompañaría. Y durante un par de días lo fue. Sin embargo, llegó un momento en el que bajando una empedrada cuesta, se partió. Iwérama lo miró agradecida, y lo devolvió a la Naturaleza.



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Caminó sin bastón durante varios días, y de repente un día se encontró con uno apoyado sobre una piedra. Parecía estar esperándole. Iwérama fue hacia él, lo cogió. Miró el paisaje frondoso, lleno de tonalidades verdes y doradas, de la época otoñal en la que se encontraban, y empezó a sentirse bien, muy bien. Ligera y al mismo tiempo muy segura. Poderosa. Sí, esa era la palabra: poderosa. Tras caminar un kilómetro o dos con aquel cayado, sintió que era demasiado poderoso y que eso era demasiado peso para ella. No quería ese peso para sí misma. Lo cogió con ambas manos, lo miró con afecto, le dio las gracias por haberla acompañado y por el aprendizaje que había supuesto, y lo devolvió a la Naturaleza.

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Y siguió entonces varios días sin bastón hasta que, de repente un día, justo en el momento en el que se sentía cansada, vio una rama de árbol apoyada a la derecha del Camino. Se detuvo, la cogió, la acarició, la miró y sintió que aquel sí era su cayado. No era ni demasiado frágil ni demasiado fuerte y se ajustaba perfectamente a su mano. Podía apoyarse con seguridad en él y llevarlo sobre sus hombros. ¡Podía incluso bailar con él! O marcar el ritmo de la canción que fuese cantando, con suaves golpes sobre el suelo. O con otro palo, haciéndolos chocar, podía utilizarlo como instrumento musical. ¡¡Aquel sí que era su palo!!

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Y empezó a caminar y a caminar con él, por llanuras, cruzando ríos. Y al cabo de un par de días, la corteza que cubría esa rama de árbol, empezó a caerse, mostrando una madera blanca, preciosa. Iwérama ayudó a la corteza a seguir su propio proceso. Primero tirando suavemente de la corteza. Después rascando con sus propias manos, mientras cantaba. Y sintió entonces que con una navaja le sería más fácil seguir con aquel trabajo. Y justo en ese momento, en el primer pueblo que entró, se topetó de frente con una tienda en la que vendían navajas. Nunca había usado ninguna, pero al llegar a la tienda y mirar las que allí había, vio una preciosa, diferente a las demás. La única totalmente realizada en metal, y la más pequeña de todas. La cogió y sintió su tacto, la miró, la acarició, sintió el grabado que tenía en el mango (unas bellas flores) y al igual que había ocurrido con el cayado, comprobó que se ajustaba perfectamente a su mano. Sintió que aquella era su navaja.

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Aquel día, en cuanto llegó al albergue, cogió la navaja y siguió limpiando y limpiando la rama, poniendo especial cuidado en cada uno de sus detalles. Y mientras lo hacía, miraba con ternura y acariciaba a aquel compañero de Camino y también a la pequeña navaja.

Y juntos acabaron el Camino. Juntos llegaron a Santiago. Algunos peregrinos conocía a Iwérama por “la mujer del báculo que siempre va cantando”. Y cuando Iwérama volvió a su hogar, se llevó aquel cayado con ella. Cada vez que lo veía, recordaba la lección: “ni demasiado frágil, ni demasiado fuerte” y “a veces cuando buscas, no encuentras; y cuando no buscas, cuando es el momento justo, simplemente aparece”.


Leyendas de Iwérama. El viaje de Iwérama.

28 octubre 2014

Cuenta la leyenda que hubo una vez una mujer que se llamaba Iwérama, que decidió emprender un largo viaje caminando, a través de un viaje ancestral, mágico, el Camino de Santiago, también llamado Camino de las Estrellas y Camino de las Ocas. Un Camino que la llevaría desde Sant-Jean-Pied-de-Port en Francia, hasta Santiago de Compostela.

Era un Camino que durante años había sabido que un día realizaría. Un Camino que parecía llamarla y estar esperando a que ella decidiera realizarlo. Un Camino que a lo largo de los siglos, miles de peregrinos realizaban venidos de todas las partes del mundo. Se trataba de un Camino iniciático, un Camino hacia el Interior, de autoconocimiento de uno mismo.

IMG_0429Es un Camino que cada uno realiza a su manera, y que conforme uno lo afronta, así es como afronta la Vida. Y resulta que Iwérama, eligió dividir el Gran Viaje en pequeños viajes, de modo que pudiera realizar el Gran Camino, y al mismo tiempo estar con su tribu… pues así era su vida: compaginar su tribu con hacer otras cosas. Y tuvo así la oportunidad de ver, de tener ante sus ojos, como en una película, de poder comprobar cómo había evolucionado su vida durante los 2 años y medio que duró este Camino, entre ir y volver, ir y volver, ir y volver. Pudo así ver cómo empezó teniéndolo todo planificado, todo ‘controlado’: hasta dónde ir, en qué albergue dormir, cuántos kilómetros caminar, a qué hora llegar, cómo ir hasta el Camino, cómo volver… y pudo también ver cómo forzó el ritmo, cómo se lesionó, cómo dejó de caminar un día antes de lo previsto, cómo camino un día tras otro con dolor, acallándolo, sin escucharlo, cómo perdió varias uñas, cómo volvió a su hogar agotada y con el cuerpo magullado, dolorido, hinchado. Necesitó meses para poder recuperarse de aquel viaje, aunque en su alma había quedado una fuerte huella de los colores, los olores, los sabores del Camino. De la textura de la tierra, de los sonidos de los animales, del Silencio. Y aunque ella aún no se daba cuenta, el viaje al Interior había iniciado.

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Unos meses después volvió, y esta vez… esta vez todo fue diferente. Esta vez fue el viaje del gozo, del disfrute, de cantar, bailar, correr mientras caminaba. De jugar, de reír. Fue una sorpresa, fue el Camino del Gozo. Ella esperaba un potente Camino hacia el Interior, y llegó el gozo. Y esta vez, volver a casa, al hogar, fue incluso doloroso. Había sido tanto el disfrute…

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Y unos meses después, llegó de nuevo el Camino. Y esta vez el trabajo Interior consistió en ir buscando otras formas de vida, otras formas de entender el mundo, de mirarse a una misma. Esta vez el Camino iba de Búsqueda, de búsqueda de otras formas de ver, de mirar, de sentir… para ver qué de todo eso quería para ella misma. Wow!! Y ahí empezó el verdadero Camino Interior. Y algúna uña seguía cayendo, alguna molestia corporal seguía teniendo durante un tiempo después del Camino.

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Y llega el tramo final, el de la llegada a Santiago. El Camino de la Plenitud. Ya no es necesario buscar en otros. Ahora la búsqueda se centra en ella, en el Interior. Todo está ahí. Quietud, serenidad, alegría, felicidad, plenitud, gratitud. Todo está ahí. Esta vez ya no pierde ninguna uña. Esta vez no hay ningún dolor, ninguna lesión, ninguna incomodidad. Esta vez sólo ha plenitud, fuerza que nace de la gratitud, del amor; primero hacia ella, después hacia los demás.

Y es que durante este Camino, Iwérama cruzó montañas, atravesó riachuelos, se encontró con tormentas de nieve, con vientos que viajaban a gran velocidad, empujándola hasta casi tumbarla. Se encontró con águilas, cuervos, palomas, vacas, gatos, insectos desconocidos para ella. Se encontró con peregrinos y peregrinas de todas las edades, de todas las nacionalidades. Con albergues cómodos, incómodos, con noches de silencio y con noches con ronquidos. Y de todo ello aprendió, aprendió sobre sí misma. Aprendió cosas simples y complejas a la vez.

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Aprendió así, que en las cuestas es más fácil avanzar si camina despacio, más despacio cuanto más empinada es la cuesta. En las bajadas, ¡¡puede jugar!!, moviendo su cuerpo como si fuera un muelle. Aprendió que, si cuando estaba cansada paraba, se quitaba los zapatos y admiraba lo que le rodeaba, al levantarse se encontraba con fuerzas renovadas.

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Aprendió sobre el silencio, ese silencio interno y externo en el que uno encuentra respuestas, aun sin buscarlas. El silencio en el que el Camino Interior de repente se alza ante nuestros ojos, y nos llena de gozo, de plenitud, de cantos, de vegetación. El silencio que nos llena de serenidad, de sabiduría.

Aprendió que cuando uno busca… muchas veces no encuentra. Que las cosas simplemente aparecen, o no.

Aprendió a escucharse, a intentar equilibrar el tener cierta previsión con el soltar.

Aprendió a mostrarse, a hablar, a estar desde el corazón.

Aprendió sobre el Silencio, el gran Silencio, y sobre su hermana la Serenidad.

Aprendió que el Camino… el Camino después se lleva a casa, al hogar.

Aprendió que el sello del Camino se lleva en el Corazón.

Aprendió que hay muchas formas de hacer el Camino, y cada uno elige la suya, elige su Camino.


Y Dios me hizo mujer – Gioconda Belli

28 septiembre 2014

PazY Dios me hizo mujer,

de pelo largo,

ojos,

nariz y boca de mujer.

Con curvas

y pliegues

y suaves hondonadas

y me cavó por dentro,

me hizo un taller de seres humanos.

Tejió delicadamente mis nervios

y balanceó con cuidado

el número de mis hormonas.

Compuso mi sangre

y me inyectó con ella

para que irrigara

todo mi cuerpo;

nacieron así las ideas,

los sueños,

el instinto.

Todo lo que creó suavemente

a martillazos de soplidos

y taladrazos de amor,

las mil y una cosas que me hacen mujer todos los días

por las que me levanto orgullosa

todas las mañanas

y bendigo mi sexo.


Música, musicoterapia y yo

13 junio 2014

Desde pequeña en2013-08-08 17.29.56 mi casa se ha cantado. Mi bisabuelo tocaba el laúd y formó una tuna. Mi abuela tenía ‘buena voz’ e iba siempre canturreando por casa. Mi madre, además de cantar mientras cocina, mientras hace las tareas de casa, y de cantarnos nanas para dormirnos cuando éramos pequeños, de cantar ahora a mis nietos, canta coros (aún recuerdo el día de mi boda, cuando se puso en pie, allí, a mi lado y cantó el Ave María, ¡qué nudo se me puso en la garganta de la emoción!).

También mi abuelo nos cantaba canciones (El novio i la novia es volen casar, no tenen culllera per fer el dinar, tanquen les portes per a no convidar). Y mis hermanas y yo canturreamos por casa, ¡¡y ahora también mi hija lo hace!!

 

La música siempre ha tenido el poder de acompañar mis emociones, o de cambiarlas si así lo deseaba. Y de este modo creció mi interés por utilizar la música para acompañar también las emociones de los pacientes con los que trabajo. Empecé a buscar información sobre musicoterapia, pero no fue hasta 2012 que decidí que había llegado el momento de formarme en este ámbito. ¡Necesitaba herramientas para poder utilizar mejor la música tanto para trabajar las emociones como para trabajar las funciones cognitivas!

Paz

Me puse manos a la obra a buscar entre la oferta formativa en musicoterapia, cuál era la que mejor se adaptaba a mis necesidades, y tuve la gran suerte de encontrar la información sobre un curso de “Introducción a la musicoterapia” que realizaba Cecilia Barrios en Barcelona.

Cecilia es pianista y musicoterapeuta. Recuerdo el día que la conocí, cuando empezó el curso, sentada en un cajón peruano, explicándonos los contenidos del curso. Recuerdo también al resto de compañeros y compañeras en aquel primer viaje a través de la música. La mayoría de ellas músicas de profesión, maestras de música y además de mí, otra psicóloga.

Cecilia y PazDe Cecilia me gustó su fuerza, su pasión por la música y sobre todo su estar, su presencia. Recuerdo también la primera toma de contacto con los instrumentos de percusión, el conocer sus nombres, su historia, su tacto al contacto con nuestro cuerpo para hacerlos sonar, su sonido. ¡Cómo olvidar instrumentos como el bombo legüero o el udú!

Allí, además de aprender acerca de los instrumentos, de cómo utilizarlos, cómo aplicarlos en el aula, en las sesiones de terapia tanto individuales como grupales, aprendí también sobre mí. Me di cuenta de la autoexigencia constante, de cómo eso me impedía tocar por miedo a equivocarme. Vi cómo me situaba yo en el grupo. Empecé a conocer mejor mi Interior tamborvoz, me arriesgué a cantar o a tararear. Y a partir de ahí, empezó en mí un cambio personal que aún a día de hoy sigue produciéndose. Tanto es así, que al año siguiente decidí volver a Barcelona y realizar el segundo curso con Cecilia, profundizando en aquello que había aprendido el año anterior. Y tanto me gustó, que me arriesgué y le propuse a Cecilia que viniera a La Llimera, el centro de estimulación y rehabilitación para pacientes neurológicos de AFABALS, a impartir ese mismo curso. Cecilia aceptó. Hoy está volando desde Argentina hasta aquí para impartir formación tanto en Barcelona como en Valencia (en Benifaió, concretamente). Desde aquí le doy la bienvenida y le agradezco todo lo que trajo a mi vida.

También desde aquí, os animo a asistir al curso a todos aquellos y aquellas que os sintáis atraídos por la música, que sintáis que la musicoterapia puede acompañaros en vuestro camino, todos aquellos que necesitéis afrontar algún miedo hacia la música, o que la música os puede ser útil en vuestro trabajo.

Un abrazo,

Paz Grau Arcís

Neuropsicóloga y terapeuta AFABALS


Historia de las mujeres

21 enero 2014

Leyendo y leyendo me he encontrado con este párrafo que me ha encantado, me ha sonado a música suave y me ha transportado a lo largo de la historia con imágenes de toda una vida, la del ser humano…

Si la historia la contaran las mujeres se hablaría de este tiempo “perdido” en amamantar, en sostener en brazos y en criar, como tiempo ganado de vida. Contaríamos que por cada vez que los hombres han cogido las armas para matar, nosotras hemos seguido teniendo hijos y perpetuando la vida, hemos seguido reuniéndonos en círculo para buscar una solución colaborativa entre todas. Relataríamos los partos como las grandes gestas de la humanidad, cantaríamos la sabiduría de los embarazos, los desbordantes sentires del puerperio. Hablaríamos de cambios, de ciclos, de autoconocimiento, de sangre menstrual, del fluir de nuestro deseo, de las intuiciones de la sangre y de conciencias ampliadas. La voz femenina recuperaría el valor de lo íntimo, de lo cotidiano, de los sentimientos, de lo que ocurre dentro de casa, del plato de comida en la mesa, de la ropa limpia… Bajo la mirada femenina el dinero perdería valor. Todos conoceríamos el nombre de la mujer que coció legumbres por primera vez e inventó el primer potaje. 

Agenda de la Mujer – Laura Martínez Hortal &  Julia Larotonda

Agenda de la Mujer 2014


Gracias a la vida que me ha dado tanto durante 2013

1 enero 2014

Me dice WordPress que en 2013 mi blog ha recibido 1.700 visitas. ¡Vaya! 1.700 visitas son muchas y más teniendo en cuenta que apenas escribo en él. Así que he pensado… “bueno, pues podría escribir algo”. Y la verdad, lo único que se me ocurre es escribir lo que ahora mismo os cuento.

Ayer, sobre las 8 de la tarde, propuse a mis niñas Paula y Yaiza hacer una rueda y agradecer a la vida, al Gran Espíritu, a Dios o a quien sea, pero agradecer, en definitiva, todo lo que 2013 nos había traído. Y ahí nos pusimos… Paula se encargó de encender las velas, Yaiza de apagarlas al finalizar y en medio lo que surgió fue agradecimiento. Agradecimiento por este año que en ocasiones se ha mostrado duro, en ocasiones amable, pero que sobre todo a mí me ha permitido aprender. Aprender sobre todo sobre mí. Ha sido un año en el que me he preocupado menos por aprender, menos por hacer cursos… y más por recordar quién soy y que lo que necesito saber, en cierta manera ya lo sé.

A lo largo de este año, en el ámbito del trabajo he tomado decisiones importantes, he tomado opciones que llevaba años posponiendo, supongo que por miedo y ahora me siento… contenta, más calmada, más arraigada, con ilusiones renovadas, con nuevos proyectos… Y resulta que con la de años que llevo diciendo “no, yo psicóloga clínica no soy, yo son neuropsicóloga”, va y ahora asumo lo importante que son para mí las emociones (las mías y las de los demás) y me estoy formando como terapeuta gestalt. ¡Y además he estado en el proto, el curso Introductorio a la Psicología de los Eneatipos de Claudio Naranjo! Uff… lo descubierto ahí aún lo estoy digiriendo.

Y he estado en el Camino de Santiago, en un nuevo tramo… ya he llegado hasta Astorga. Ahora ya queda poco para terminar el Camino, y la pregunta que me surge entonces es: ‘¿Y ahora qué? ¿Y cuándo termine el Camino qué?’. Leí ayer en el estado de whatsapp de un amigo que “Santiago sólo es el principio”. Y en el Camino también he aprendido. Mucho. Cada etapa diferente, cada vez que he ido y he vuelto, diferente. Y he aprendido sobre las personas, sobre la tierra, sobre el Camino, pero sobre todo he aprendido sobre mí. Oye, que ahora resulta que sé llevar en la mochila justo lo necesario y me ha ido de maravilla… ni me daba cuenta de que la llevaba. Ays!, si supiera hacer lo mismo con la mochila de vida…

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Y de amores… pues aunque las cosas no hayan salido como yo quería, agradecimiento me queda, sobre todo por lo que fui capaz de dar y cómo fui capaz de ser yo misma, a pesar de los temores, de lo ya vivido… y justo por eso mismo.

Ah! Y el maravilloso curso de musicoterapia…  (gracias, Cecilia). Y el curso de Trabajo Corporal. ¡Francis!

Y amistades encontradas en el camino de 2013, y otras que en el camino se han ido difuminando. Gracias.

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Pero sobre todo, lo que he aprendido 2013 ha sido ha estar más presente, en mi propia vida y en la de mis niñas. Estar más conscientemente en cada pequeño detalle, en cada gesto, en cada beso, en cada mirada. Eso ha sido lo más importante. Y pase lo que pase el 11 de febrero de 2014, ese día en que un juez decidirá cómo será en parte nuestra vida a partir de entonces, pase lo que pase… estamos más unidas que nunca. Y me siento muy agradecida por tenerlas en mi vida.

Ah, y también en 2013 llegó Remo. ¡Un nuevo miembro en la familia!

Remo

Por todo esto y por lo que seguro me dejo en el tintero, y siguiendo la letra de la canción: “gracias a la vida que me ha dado tanto”.