Mohorte es un pequeño pueblo situado en un cerro, cerca, muy cerca, a tan sólo 7 km de Cuenca. En lo alto del cerro, las ruinas del castillo. Sus calles sin asfaltar, sus casas en ruinas, el colorido de sus campos de girasoles, el sonido de las cigarras, el vuelo de las golondrinas, los rebaños de ovejas, los bosques que lo rodean, las torcas (con y sin agua), nos hacen percibir un sabor a antaño que nos transporta a otra época.
Allí compartimos unos días con Ceferino y su familia.
Ceferino nació en Mohorte, como sus hermanos y sus hermanas. A él le fue asignada la tarea de cuidar del rebaño, y ya ‘de muy chico’, como él dice, se subía al monte a dormir junto a las ovejas. Eran inviernos de mucho frío, inviernos duros, como lo son ahora, pero antes sin las comodidades de ahora.
Un día decidieron emigrar, como otras familias en Mohorte. Como la mayoría de su población. Emigrar para buscar nuevas oportunidades, un clima más benigno, pueblos o ciudades con más recursos, con más servicios.
Pero ahora, con la época estival, al igual que hacen otras familias, vuelven al pueblo. Hace unos años construyeron una pequeña casa sobre aquella en la que antes habían vivido con sus padres, y durante el verano conviven aquí tres generaciones.
Con Ceferino recorremos el pueblo. No hay tiendas, no hay farmacia. El pan lo traen de otro pueblo. La médico viene un día a la semana. Unas horas. Pero sí hay otras cosas. Hay gallinas. Hay ovejas. Hay girasoles. Me comentan que otros años se ven caballos, yeguas, potros, ¡y hasta ciervos! Pero como este año no hay mucha agua… Pero sí hay paja. Y tierra, tierra rojiza. Y ríos. Y casas, casas en ruina. Muros. Y el castillo. ¡Y estrellas! ¡Miles y miles de estrellas! ¡¡Impresionante!!! Jamás había visto tantas estrellas, ni noches tan oscuras. ¡Y el camino de Santiago que forman las estrellas! Y encanto. Mucho encanto. Encanto del pueblo y encanto de sus gentes.

Cuando me ven con la cámara trajinando arriba y abajo les oigo decir: “ya ves, le gusta lo antiguo” o “¿quién será?”, “¿alguien de alguna consejería?, ¿de turismo?, ¿de medioambiente?”. Me sonrío. Bajo. Les sonrío y hablamos. Aquí el tiempo es diferente. Ni he mirado el reloj en los días que llevo aquí. Se habla del calor, de lo que vamos a comer, a cenar. De si nos vamos a ver las torcas. Que a ver si cuando refresque un poco subimos andando al castillo, y si no pedimos las llaves para entrar a ver la pequeña iglesia.
Los pocos hogares que hay son autosuficientes. Tienen carne de pollo, de los pollos criados por ellos mismos. También huevos. Tomates (¡que saben a verdadero tomate!, ¡que huelen a tomate!), sandías, pimientos. Aún se hace la matanza del cerdo (del ‘gorrino’, me dice Antonia, la mujer de Ceferino). Fabrican el jabón que necesitan, utilizando el ‘pringue’ que les queda en la orza, una vez se acaban los chorizos o las longanizas que elaboraron con la carne de la matanza del cerdo.
Aquí los niños y las niñas, cuando vienen en verano, recorren el pueblo en pandilla. A veces a pie, a veces con las bicicletas. Se van y sus padres y madres se despreocupan de ellos por un rato. Es un pueblo tranquilo, apenas hay coches y los que hay van despacio. Saben que aquí se vive a otro ritmo. Se trabaja, se pasea, se habla.
Una vecina trae una mata de guindillas. Los hombres se han ido de buena mañana a cazar. Si traen alguna pieza, mañana habrá guiso para comer.
Es curioso, aquí la gente envejece más. La piel muestra surcos por la edad. El aire es seco. Las mujeres se preocupan menos por la estética que en la ciudad.
Ceferino vuelve de dar un paseo por el pueblo. Nos trae ramilletes de espliego: ¡cómo huelen!, ¡qué maravilla para nuestros sentidos!
Mañana ya nos vamos. Dejaremos atrás Mohorte, sus calles, su gente. Mañana dejaremos Mohorte, pero tal vez, hasta el verano que viene.